abre la caja torácica para observar otros órganos. Se inició en la morgue como voluntario cuando tenÃa 17 años. Al principio no podÃa comer por la impresión, pero ahora se siente afortunado de tener un trabajo en estos tiempos de recesión.
Molina sostiene la cabeza del hombre en sus manos.
``Mire, tuvo un infarto'', comenta, apuntando hacia una mancha blanca en el corazón. ``Pero si yo pongo infarto, le quitan la responsabilidad a quienes hicieron esto porque está considerado como una muerte orgánica. Entonces lo voy a dejar como última posibilidad''.
Observa cada órgano y señala que se trataba de una persona muy saludable.
``Es una persona productiva, y todos son asÃ, jovencitos de entre 18 y 36 años'', afirma, sacudiendo la cabeza.
Luego de hora y media, llega a la conclusión de que murió asfixiado por la cinta que le colocaron en la boca y la nariz.
Ramos toma una aguja y un hilo, coloca el cerebro en la cavidad abierta de la cabeza cercenada, como es costumbre, y cose el pecho. Cierra el cráneo y vuelve a colocar la piel.
``Está en buen estado para la identificación'', dice Molina.
Mientras guardan el cuerpo en una bolsa y lo colocan en la refrigeradora, se abren las puertas y llega el cadáver de otra persona asesinada.
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Mariana MartÃnez colaboró con este artÃculo desde Tijuana.